Casi amor

Allí donde la madreselva se cuelga de una estrella

y maduran alondras, tus besos en mi piel.

Allí donde el crepúsculo colorea la tarde de arcoíris

y tus labios me miran casi con voyerismo.

Aquí, en este instante en que el amor expira

y se pronuncia 'cielo' - así, como te llamo-

Aquí, tímidamente en este beso de mariposa trasegando mis labios,

casi podría sentir tu vuelo de libélula disfrazada de noche.

Así, entre tus brazos, bebiéndome tu boca como adicta de amor.

Alcoholizada.

Casi pude sentir que también tú me amabas.

Detrás de mi ventana



Afuera, cruje la tarde disecada en las aceras

el aire enarbola el último suspiro en sus labios de sándalo

mientras dibuja, un pájaro, la distancia insoluble de dos cuerpos.


El vértigo de una lágrima tirita en el arcén de tu mejilla

pero ¿qué es una tristeza en el óbito incesante del universo?

Un parto doloroso, para una madre exhausta,

y el precoz embarazo de otra lágrima.


Si supieras cuánto sufro tus penas…

si pudiera un milagro devolverte la fe, yo me haría creyente,

pero hoy no es domingo, y no atiende Dios en las Iglesias.

Poema de agua



Galopa la memoria y relincha tu recuerdo.

Nuestros labios buscándose en las sombras

como ciegos nublados por la sed.


A voz callada en primavera incierta, grita la luz ahogada del crepúsculo,

te nombra, te nombro, y es el milagro del amor

que existe sin hallarse, porque se haría botón de noche abierta.


Te pido lo imposible, como quien se queda mirando el espacio

en el cenit de una estrella muerta, esperando que brille;

o la tristeza oculta del llanto bajo el agua.


Te pido que Navegues mi cuerpo en tus manos de barca

l(í)iquida la sed,

duerme el sueño del tiempo abrasando mis brazos

o enséñame a ser agua, que refresque el ardor de tu memoria.

Tardanzas y distancias


Te recuerdo, amor, pausa imprecisa.

la nota que rompía el compás de la memoria

y golpeaba en los riscos de la imaginación

para volver espuma tu recuerdo lejano.


Te amo, aquí, distante

en estas noches de primavera escasa, donde se abandonan las flores

que caen como días repetidos del calendario, o espirales de humo

y perfuma la ausencia.


Aletea la tarde, con sus alas de fuego, y no estás,

hasta el aire sofoca si no oigo tu voz, ablandando mis sueños.

se desboca el cauce de mis ojos, y ya ha trazado el surco donde siembro las penas.

apenas la desesperanza le sigue a la sedación.


No soy tu felicidad, pero eres mi tristeza;

y tristeza, te amo.

Anochecer (en) blanco


I. Liofilizada

Se cansaron las hojas de respirar tu falta, y ha secuestrado el otoño a la primavera,

fue una rosa carmín, hoy ha empalidecido y es sólo un lirio albino

que te nombra hortaliza.


II. Nictálope

Se escurre la luna en los tejados, y un gato canta al compás del frío,

mientras bebe impaciente la noche en su eclipse de estrellas.


III. Destilación

Exhumo tus poemas, y huelen a pretérito imperfecto,

al leerte se ha desgarrado el cristal de mis pupilas

y me ha sugerido la condición líquida del amor.


IV. Confesión y despedida

Quiero obligarme a dejarte, pero eres mi constante favorita,

mas nada hay que puedan reprocharme

al fin que el amor y el desamor duelen, sí, con la misma intensidad.

Tengo urgencia de ti


Tengo urgencia de ti, de trazar tus fronteras sin vértices inconexos

de abrazarte sin prisas,

de descarnar los frutos y morder las almendras.


Te ansío,

como al agua el desierto,

como Dios una cruz,

como arteria a la sangre.

Tal vez un poco más.


Y es que te anhelo mar, naufragio demorado de sábanas,

grieta de precipicio que moldea la horizontalidad de la mañana

rozadura de seda latiéndonos el pulso de la vida

como savia que discurre vitalmente por el tallo.


Pero no, no me abordes

que sólo he aprendido amarte así, inaccesible.

Tardanzas a destiempo



Viene en son de paz, bailando su melancolía,
la noche es un velero que lo vuelve hacia el mar de los recuerdos,
lo atormenta el pasado, la tormenta es presente,
y no existe futuro.

El instante en que un hilo de luz hiende su rostro cárdeno
repara en la opacidad de la cara oculta de mi alma,
con sus ojos ausentes.
Vuelve la vista al reloj de las horas perdidas,
una a una las enhebra como cuentas para una gargantilla,
pero ya no me calza, mucho me temo.

Hube de llenarme los bolsillos de esperanza amarilla –de marchita-
madurar el beso de la aurora que apagaba las noches,
darme un golpe de versos,
y no te percataste.

Tuve que volverme a ti, pero tú ya no estabas,
si piensas en volver, no vas a hallarme.

Tela de araña


¿Alguna vez has visto cómo es la lucha por la supervivencia en una tela de araña?

Aquí me ofrezco insecto, que no puede librarse de los reproches que tejes.



Haces frío,

y es preciso que me abrace a tu invierno,

pero el recorrido hacia ti se me antoja imposible con esta herida expuesta.

Invariablemente serás la pieza que me falta

aunque no encajes nunca en mi rompecabezas de huesos destemplados.


Me sacudo el polvo con la humedad tétrica de la tarde

pero siempre está

c

a

y

e

n

d

o

más,

polvo, lluvia, noche, tú, da lo mismo si no acaba.


Absurdo este remedo de reclamo, si no vas a escucharme,

como esperar a que sobrevenga la noche para no ensombrecerme

-sin luz no hay sombras, me repito-

y sin embargo no puedo acostumbrarme a esta oscuridad de cárcel epitelial.


Adherido a los labios, llevo tu nombre a cuestas,

y es como un eco que se disuelve en mi voz para volverse tuya,

no puedo huir de mí misma entre la pena y el abismo,

cuajar mi humanidad de arcilla inerte

y volverme ave que no quiere volar.


Vamos, te quiero, pero no es suficiente,

no lo soporto más.



Aviso N° 001

Arequipa, 27 de Julio de 2010

A quien corresponda:

Sabías que dejar de amarte iba a ser un crimen a mano armada,

porque llevo una huelga de versos hace dos meses;

los únicos poemas que compongo desde entonces son papel húmedo y tinta seca

-y no sabes de la impotencia cuando no son sólo una metáfora-.

Si no haces algo para que me re-enamore de ti

mi imaginario ‘poético’ va a morir de inanición

-y tú con él, aunque tenga que encargarme yo misma-

El delito no es homicidio culposo, que ya antes he sufrido de poetitis aguda y sobreviví,

lo grave es que no me duela

y con lo cursi que soy, no voy a consentir una despedida sin lágrimas.


Atentamente,

Marisol.

Confiteor


Yo confieso,

que amé el enigma de tus dedos en la fisiología del tacto,

la lengua que serpentea y se arremolina como vid retorcida en el ombligo del amor,

tu piel de arena tostada en la luz de mi voz.


Amé la lenta agonía de tu perfume de orquídea

y el eco disonante de su belleza-instante, perdida para siempre.

Yo me confieso rescoldo

-si tu aire no alimenta pronto mi fuego, voy a extinguirme-


Eres un grillo que renunció a vivir, en la ribera del río que lo estaba ahogando,

te deslizas por mis dedos, como burbuja huyendo del fondo marino,

en la imposible mano que intenta contenerla.

Las cosas que me gustan



A veces nos sorprende un ballet de momentos

es cuando le injertas al tiempo tu voz imperturbable.


Me gusta cuando haces de mi espalda laberinto que armoniza tu nombre,

o arroyo donde navegan caricias de tus labios de hidromiel,

-allí, no me importa ahogarme en el mar de tu boca

que me convoca diluvio-.


Me gusta tu mirada de mies abierta en flor

y sus besos de colibrí con aroma a mariposa.

La danza de los siete velos que bailan tus pestañas,

el rubor del crepúsculo cuando a fuerza de besos atardecen tus mejillas...


¿O es que me gustas tú?


Tú, trazo firme,

en el

e s f u m a t o

de mi vida.

Puedo volver a amarte


¿No adviertes que cuando soplas una vela, allá, en Barcelona

aquí se apaga el sol?

No sabía que amarte fuera una enfermedad

y tú -la prescripción- tuvieras tantas contraindicaciones.


Hay cosas que no entienden de latitudes,

como que puedo volver a amarte desde cada distancia

seguir pintando inviernos verdes, mientras mueran de hambre mis escamas

desbriznar tus palabras, como una margarita

(Te quiero, no te quiero, te olvido, te recuerdo, te llamo, no te amo)

o tomarme un café con tu recuerdo

y comerme tus cartas con azúcar.


Aunque hay amores que no entienden de tiempo,

(te amo ayer, te amé mañana, te amaré hoy)

envejece tu aroma, en la esquina de mi cuarto,

arrinconado;

a veces se deslíe en mis sueños,

si no puedo encontrar tu caricia de pluma en mi almohada de ala,

es cuando sueño ser un pez, intoxicándose todo por las branquias.


Puedo volver a amarte, pero hasta Dios se cansa,

y hay que tener en cuenta

que es la misma llave, la que si abre una puerta,

nos la cierra.

Nocturno impasible



No eres tú,

aunque el silencio responda tras tu nombre

o me asfixie al morderle los dientes a todas tus verdades.


No eres tú,

quien remoja el envés de mi sombra con rocío nocturno

mientras dura el insomnio de la luna

–en los claros de lágrimas-.


No eres tú

esta herida de nube que muere sin remedio,

es tal vez

el dolor salpicando la pena que sea gota.

Vuelvo pronto

Amigos, estaré fuera unos días por motivos de fuerza mayor. Regreso pronto a visitar sus blogs que tanto bien me hacen.
Besitos y abrazos.

Canción de lluvia


¿Por qué cuando te miro, mariposa es insecto?
¿A dónde voló la poesía?

Llueve.

Se derrama un verso en la tarde que muere,
y arrastrado como barca artesanal en tempestad marina,
se suicida.
Era un verso homicida, me consuelas,
pero hasta tú te acabas,
como el sol esta tarde,
como un lápiz mudo, sin mina y sin madera,
como un punto final en hoja en blanco.

No intuyes que hay lágrimas que oxidan los goznes de las puertas
que hay puertas que se llaman adiós
y adioses que se cierran para siempre.

Ha cesado la lluvia,
no te apures,
hasta el último charco se evapora.

Alas de Cera



Puede que nunca lo haya amado,

pero sí que adoraba su mirada, y sus gestos

sobre todo sus gestos, aunque no más que su mirada.


Él era como el cielo, y yo como esas aves que surcan los espacios infinitos

es que un ave ve al cielo más cerca cuando se refleja en el mar,

sobre todo si lo ves desde la orilla.

Y claro, luego crees que una nube hace un cielo,

y no hay nada que esté más lejos del cielo que una nube.


Todos saben que el tiempo se hace tiempo cuando lo disfrutamos

yo aprendí que el tiempo es más tiempo cuando lo sufrimos.

y vaya que lo sufrí en su nube.


Desde luego, también sabemos que el agua calma la sed

y cuando llegamos al mar y lo vemos de agua,

nos damos cuenta que hay aguas que nos encienden la sed, más todavía.


Con él aprendí cada excepción a la regla,

no digo la regla del 2 o la del 3,

-para él 2 por 1 siempre era uno, nosotros-

sino la regla del amor, por ejemplo

‘Amar al prójimo como a ti mismo’

yo lo amé un poco más.


Siempre quiso llegar más lejos de lo que sus alas le permitían

así que un día, decidió volar al sol

no sabía que sus alas eran de cera

y con sus alas, se derritieron mis sueños.

Puerto de partidas



Tremola en la danza de tus labios,

amargo rictus que aprendió el ritual de todos los adioses.

Somos puertos enturbiados de partidas.


Un nemoroso suspiro, desgaja

la vacuidad de los agónicos rayos del sol,

que nunca más han de brillar en tus ojos.

Somos puentes rotos de ciudades aisladas para siempre.


Tu voz suena como la quietud de un lago en plenilunio,

pero el eco restalla en el acantilado,

si me visto de espuma de recuerdos.


La clepsidra deseca la esperanza tardía

en anónima lágrima.

Exilio de sal


En la penumbra de una buhardilla, un rayo de luna, tan huérfano como cualquiera de los trastos allí abandonados, bailaba en círculos alrededor de la pluma de un deslustrado morrión.

'La pluma y el rayo de luna', Óscar Bartolomé Poy


Cuando la penumbra devoró el último claro de luna

fue estéril lenitivo

dejar que tome forma de eclipse tu mirada.


Supuse –ingenuamente- que el aire que exhalabas

era un espacio apenas y casi reemplazable,

no la hondura sin edad que amartilla mis miedos.


El tiempo gotea los segundos de sal

que inciden en la herida del exilio.

Lluvia de Marzo


'The girl in the rain', Debra Hurd


Marzo se marcha, y todavía llueve,
el surco que se extiende en mi paraguas
humedece la demanda sin juez del dolor a destiempo
lo repudio
y sin embargo te(a)mo.

Nunca entendí el ahogo de tu voz, cuando me revelabas
que aún si tus zapatos me calzaran
no podría ver a través de tus pupilas.

Ahora, no obstante,
qué nítidas se leen tus palabras en el libro infeliz de mi memoria
‘Un día
descubrirás el delicioso aroma que desprende una lágrima,
y llorarás únicamente por el placer de conservar la belleza en tus ojos.’

Flor predilecta




Son tus labios dos pétalos a flor de piel

donde el pistilo baila en la cúpula de mi boca,

y sabe a nube de azúcar en cielo a b i e r t o.


Tu piel descansa en el recodo de mis avenidas gemelas,

entonces, lento,

des

cien

des,

imitando el meneo de un girasol a la hora del crepúsculo,

procurando llegar a Venus, por la senda que me conduce a Marte.


La pasión esgrafia grana, pletórico de incendios

un tallo erguido, condensando su savia.

Soy cauce y tú, arroyo,

que arrulla nanas de agua

a mi vientre expectante de tu vital aliento.


Deshójame tu amor,

sé flor, de mis delirios, predilecta.

Dolor de miembro fantasma


El amor escuece sin pausa, como la mordedura de un insecto.

Vamos, yo era tu satélite, y ahora que no estás

desafío toda lógica gravitacional

y sigo girando en torno a tu recuerdo.


Te inventaron de elástico,

retomando siempre tu posición inicial,

por más lejos que huyan las agujas del tiempo;

es que eres un miembro fantasma

donde el dolor es lo único auténtico de mi realidad.


Yo, sin embargo, soy greda que adoptó tu figura

no hay nada que se me acople, si no eres tú,

la memoria de mis labios te reconocería

con la suficiencia del roce de tu aliento.


Barro en espiral el polvo de la estela,

y la diana

me absorbe,

me absorbe,

me absorbe

...

Soplo deseos


Hoy me he puesto la piel por el re-verso.

La soledad me reclama,

es mi virtud inútil, pero la amo tanto.


Nuevas ideas blancas, germinan en el vidrio

del espejo

y unas tristezas tibias atraviesan mis años

-sal ida que va condensando cicatrices en surcos sin llegada-.


Me voy gastando el tiempo alegremente,

como quien gasta una moneda, y se come feliz el caramelo;

me voy tragando dulces,

para olvidar lo amargo que nos sabe el silencio,

y me voy simplemente

pero a cada momento.


Soplo un deseo,

-que no se apague la vela-

inspiro

-Por favor-

e(x)spiro.

Mi flor de Coleridge



"Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces qué?"

Jorge Luis Borges



Tu aliento me recorre, horizontal, los pensamientos

cuando tus sedosos dedos hilvanan mis sueños ondulados.


A contraluz, te nombro.

Es tu nombre el que invoca el temblor prematuro de la carne

una canción clandestina que bailo en tu ombligo

con-cierto polífonico

dest(r)ellas.


Zozobro en la caricia-acacia

que se ahoga en los pliegues de tu pecho,

en el roce de la sábana rezumando tu piel

que imagino tupida madreselva

y te bebo en la yugular de mi almohada de plumas.


Me sabes incondicional,

cuando despierto en tus brazos invisibles.


Escudriño en mi sueño de horas tibias y ahí estás

tú, mi flor de Coleridge.

La tristeza del agua


El cielo me mira con sus ojos azules,

a lo lejos, un pez –inocente de él- ignora el hambre de una gaviota

en ese mismo instante

un hombre desconoce el hambre del poeta.


La fuente olvida de repente la tristeza del agua,

que tras el sobresalto inicial, recobra la apatía

de su naturaleza sempiterna y su forma variable.


Unas gotas salpican,

el compás de sus saltos me repite tu nombre,

sus endebles deditos acarician mi rostro,

mi tristeza y la suya te miran

engarzadas en el alféizar de mis ojos.


No hay lugar para el llanto

-del agua o del poeta-

porque a nadie le importa.

La bañista





Ella tiene la piel traslúcida, por donde sus menudas venas asoman su sangre azul, a pesar de que se pasa los días bajo la inclemencia del sol esperando que su marinero naufrague en la orilla de su boca, mientras le hace con amoroso afán barquitos de papel.


Lo espera hace tanto tiempo que parece que el mar y ella se han fundido en los rizos de su pelo, donde un extraño helecho ha empezado a crecer, verde y rumoroso, como el remanso de los ojos de su amado.


En las líneas de sus manos traza cartas de navegación que solamente él podría descifrar, el resto del mundo les llama poemas; en fin, en ambos casos mi poca imaginación, seguro, me promete que la única utilidad que tendrían es la de traerlo de vuelta a ella.


Tiene la voz como el canto de la brisa, que ha aprendido a imitar con graciosa armonía, en sus lascivos labios de botón de rosa, donde parece asomarse un rocío perlado, como un collar de aljófar que reluce con diáfano esplendor tras los primeros rayos de la aurora.


Sus piececillos poseen una elegancia innata cuando se deslizan persiguiendo el vaivén de las olas, ya huyendo de ellas, ya pillándolas de nuevo, ya retozando en la espuma, o confundiéndose con un pez.


Sus pestañas alargadas y densas, parecen un laberinto que sólo Teseo estaría dispuesto a atravesar si no fuera por el tesoro que velan, aunque de todas formas, quien no se perdiera en ellas, acabaría por perderse en sus ojos, azul profundo, como si el mar hubiera cedido a su capricho de sentirse único en extensión e intensidad cuando ella mira.


Hace poco más de un año que ella no lo ve, pero en las cuentas del amor, lo mismo son seis segundos que seis siglos, una cuadra que dos océanos; la distancia y el tiempo se hacen infinitos siempre que nos separen de ese ser. Sin embargo, ella espera con la paciencia de Penélope a que Caronte traiga de regreso a su salvador, y juntos conviertan sus ahora pesadillas en hermosos sueños de un verano inacabable y compongan por fin el poema de amor más bonito jamás oído.


Bueno, pero a lo que iba, los narradores no se vuelven de pronto protagonistas, ni si quiera en los cuentos como éste - de mar y sol - ¿no es así?


Le dices tuya a esa ciudad distante



Las ramas de tu ciudad trenzan esquejes

para abrazar tu sombra que vaga entre sus parques,

se enredan en tus venas y han escrito en sus hojas

historias que yo ya no conozco.


En las calles de tu ciudad vacías de mis pasos,

donde el invierno sopla la gracia de la nieve

-fría y frágil-

hay días en los que se deshiela tu corazón

y LaTe

hasta que el alud de la tristeza te recubre

y de nuevo te marchas.


Aquí sólo hay escombros, ruinas

y pieles agrietadas por el tiempo,

aquí crujen las hojarascas secas del amor del desierto,

en ésta, mi ciudad de arena adormecida,

que a veces -cuando regresas tú-

recobra vida.

Ya no me ama


Una luz trasverbera la palabra

con tinta transparente

-sí, la de las lágrimas-


El mundo es un tiovivo que se resiste a parar

a veces quisiera salir disparada de él por la fuerza centrífuga

pero la gravedad me juega una mala pasada.


Entendí de repente que hasta la tristeza tiene su lugar,

y está ahí,

entre sus ojos y la empolvada ventana que nos quedamos mirando

y que nunca se abrió.


La única cosa que duele más que saber que su ‘Te amo’ es mentira,

es tener la certeza de que su ‘Ya no te amo’ es verdad.

Y tener que amarlo, y odiar amarlo

o simplemente amarlo.


Es entonces cuando la esperanza se convierte en aspereza,

cuando mi poético se vuelve patético,

cuando la gravedad jala para su lado

y tomo conciencia de que esa ventana nunca se abrirá.


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