Exilio de sal


En la penumbra de una buhardilla, un rayo de luna, tan huérfano como cualquiera de los trastos allí abandonados, bailaba en círculos alrededor de la pluma de un deslustrado morrión.

'La pluma y el rayo de luna', Óscar Bartolomé Poy


Cuando la penumbra devoró el último claro de luna

fue estéril lenitivo

dejar que tome forma de eclipse tu mirada.


Supuse –ingenuamente- que el aire que exhalabas

era un espacio apenas y casi reemplazable,

no la hondura sin edad que amartilla mis miedos.


El tiempo gotea los segundos de sal

que inciden en la herida del exilio.

Lluvia de Marzo


'The girl in the rain', Debra Hurd


Marzo se marcha, y todavía llueve,
el surco que se extiende en mi paraguas
humedece la demanda sin juez del dolor a destiempo
lo repudio
y sin embargo te(a)mo.

Nunca entendí el ahogo de tu voz, cuando me revelabas
que aún si tus zapatos me calzaran
no podría ver a través de tus pupilas.

Ahora, no obstante,
qué nítidas se leen tus palabras en el libro infeliz de mi memoria
‘Un día
descubrirás el delicioso aroma que desprende una lágrima,
y llorarás únicamente por el placer de conservar la belleza en tus ojos.’

Flor predilecta




Son tus labios dos pétalos a flor de piel

donde el pistilo baila en la cúpula de mi boca,

y sabe a nube de azúcar en cielo a b i e r t o.


Tu piel descansa en el recodo de mis avenidas gemelas,

entonces, lento,

des

cien

des,

imitando el meneo de un girasol a la hora del crepúsculo,

procurando llegar a Venus, por la senda que me conduce a Marte.


La pasión esgrafia grana, pletórico de incendios

un tallo erguido, condensando su savia.

Soy cauce y tú, arroyo,

que arrulla nanas de agua

a mi vientre expectante de tu vital aliento.


Deshójame tu amor,

sé flor, de mis delirios, predilecta.

Dolor de miembro fantasma


El amor escuece sin pausa, como la mordedura de un insecto.

Vamos, yo era tu satélite, y ahora que no estás

desafío toda lógica gravitacional

y sigo girando en torno a tu recuerdo.


Te inventaron de elástico,

retomando siempre tu posición inicial,

por más lejos que huyan las agujas del tiempo;

es que eres un miembro fantasma

donde el dolor es lo único auténtico de mi realidad.


Yo, sin embargo, soy greda que adoptó tu figura

no hay nada que se me acople, si no eres tú,

la memoria de mis labios te reconocería

con la suficiencia del roce de tu aliento.


Barro en espiral el polvo de la estela,

y la diana

me absorbe,

me absorbe,

me absorbe

...

Soplo deseos


Hoy me he puesto la piel por el re-verso.

La soledad me reclama,

es mi virtud inútil, pero la amo tanto.


Nuevas ideas blancas, germinan en el vidrio

del espejo

y unas tristezas tibias atraviesan mis años

-sal ida que va condensando cicatrices en surcos sin llegada-.


Me voy gastando el tiempo alegremente,

como quien gasta una moneda, y se come feliz el caramelo;

me voy tragando dulces,

para olvidar lo amargo que nos sabe el silencio,

y me voy simplemente

pero a cada momento.


Soplo un deseo,

-que no se apague la vela-

inspiro

-Por favor-

e(x)spiro.

Mi flor de Coleridge



"Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces qué?"

Jorge Luis Borges



Tu aliento me recorre, horizontal, los pensamientos

cuando tus sedosos dedos hilvanan mis sueños ondulados.


A contraluz, te nombro.

Es tu nombre el que invoca el temblor prematuro de la carne

una canción clandestina que bailo en tu ombligo

con-cierto polífonico

dest(r)ellas.


Zozobro en la caricia-acacia

que se ahoga en los pliegues de tu pecho,

en el roce de la sábana rezumando tu piel

que imagino tupida madreselva

y te bebo en la yugular de mi almohada de plumas.


Me sabes incondicional,

cuando despierto en tus brazos invisibles.


Escudriño en mi sueño de horas tibias y ahí estás

tú, mi flor de Coleridge.

La tristeza del agua


El cielo me mira con sus ojos azules,

a lo lejos, un pez –inocente de él- ignora el hambre de una gaviota

en ese mismo instante

un hombre desconoce el hambre del poeta.


La fuente olvida de repente la tristeza del agua,

que tras el sobresalto inicial, recobra la apatía

de su naturaleza sempiterna y su forma variable.


Unas gotas salpican,

el compás de sus saltos me repite tu nombre,

sus endebles deditos acarician mi rostro,

mi tristeza y la suya te miran

engarzadas en el alféizar de mis ojos.


No hay lugar para el llanto

-del agua o del poeta-

porque a nadie le importa.

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