Las cosas que me gustan



A veces nos sorprende un ballet de momentos

es cuando le injertas al tiempo tu voz imperturbable.


Me gusta cuando haces de mi espalda laberinto que armoniza tu nombre,

o arroyo donde navegan caricias de tus labios de hidromiel,

-allí, no me importa ahogarme en el mar de tu boca

que me convoca diluvio-.


Me gusta tu mirada de mies abierta en flor

y sus besos de colibrí con aroma a mariposa.

La danza de los siete velos que bailan tus pestañas,

el rubor del crepúsculo cuando a fuerza de besos atardecen tus mejillas...


¿O es que me gustas tú?


Tú, trazo firme,

en el

e s f u m a t o

de mi vida.

Puedo volver a amarte


¿No adviertes que cuando soplas una vela, allá, en Barcelona

aquí se apaga el sol?

No sabía que amarte fuera una enfermedad

y tú -la prescripción- tuvieras tantas contraindicaciones.


Hay cosas que no entienden de latitudes,

como que puedo volver a amarte desde cada distancia

seguir pintando inviernos verdes, mientras mueran de hambre mis escamas

desbriznar tus palabras, como una margarita

(Te quiero, no te quiero, te olvido, te recuerdo, te llamo, no te amo)

o tomarme un café con tu recuerdo

y comerme tus cartas con azúcar.


Aunque hay amores que no entienden de tiempo,

(te amo ayer, te amé mañana, te amaré hoy)

envejece tu aroma, en la esquina de mi cuarto,

arrinconado;

a veces se deslíe en mis sueños,

si no puedo encontrar tu caricia de pluma en mi almohada de ala,

es cuando sueño ser un pez, intoxicándose todo por las branquias.


Puedo volver a amarte, pero hasta Dios se cansa,

y hay que tener en cuenta

que es la misma llave, la que si abre una puerta,

nos la cierra.

Nocturno impasible



No eres tú,

aunque el silencio responda tras tu nombre

o me asfixie al morderle los dientes a todas tus verdades.


No eres tú,

quien remoja el envés de mi sombra con rocío nocturno

mientras dura el insomnio de la luna

–en los claros de lágrimas-.


No eres tú

esta herida de nube que muere sin remedio,

es tal vez

el dolor salpicando la pena que sea gota.

Vuelvo pronto

Amigos, estaré fuera unos días por motivos de fuerza mayor. Regreso pronto a visitar sus blogs que tanto bien me hacen.
Besitos y abrazos.

Canción de lluvia


¿Por qué cuando te miro, mariposa es insecto?
¿A dónde voló la poesía?

Llueve.

Se derrama un verso en la tarde que muere,
y arrastrado como barca artesanal en tempestad marina,
se suicida.
Era un verso homicida, me consuelas,
pero hasta tú te acabas,
como el sol esta tarde,
como un lápiz mudo, sin mina y sin madera,
como un punto final en hoja en blanco.

No intuyes que hay lágrimas que oxidan los goznes de las puertas
que hay puertas que se llaman adiós
y adioses que se cierran para siempre.

Ha cesado la lluvia,
no te apures,
hasta el último charco se evapora.

Alas de Cera



Puede que nunca lo haya amado,

pero sí que adoraba su mirada, y sus gestos

sobre todo sus gestos, aunque no más que su mirada.


Él era como el cielo, y yo como esas aves que surcan los espacios infinitos

es que un ave ve al cielo más cerca cuando se refleja en el mar,

sobre todo si lo ves desde la orilla.

Y claro, luego crees que una nube hace un cielo,

y no hay nada que esté más lejos del cielo que una nube.


Todos saben que el tiempo se hace tiempo cuando lo disfrutamos

yo aprendí que el tiempo es más tiempo cuando lo sufrimos.

y vaya que lo sufrí en su nube.


Desde luego, también sabemos que el agua calma la sed

y cuando llegamos al mar y lo vemos de agua,

nos damos cuenta que hay aguas que nos encienden la sed, más todavía.


Con él aprendí cada excepción a la regla,

no digo la regla del 2 o la del 3,

-para él 2 por 1 siempre era uno, nosotros-

sino la regla del amor, por ejemplo

‘Amar al prójimo como a ti mismo’

yo lo amé un poco más.


Siempre quiso llegar más lejos de lo que sus alas le permitían

así que un día, decidió volar al sol

no sabía que sus alas eran de cera

y con sus alas, se derritieron mis sueños.

Puerto de partidas



Tremola en la danza de tus labios,

amargo rictus que aprendió el ritual de todos los adioses.

Somos puertos enturbiados de partidas.


Un nemoroso suspiro, desgaja

la vacuidad de los agónicos rayos del sol,

que nunca más han de brillar en tus ojos.

Somos puentes rotos de ciudades aisladas para siempre.


Tu voz suena como la quietud de un lago en plenilunio,

pero el eco restalla en el acantilado,

si me visto de espuma de recuerdos.


La clepsidra deseca la esperanza tardía

en anónima lágrima.

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