
Ella tiene la piel traslúcida, por donde sus menudas venas asoman su sangre azul, a pesar de que se pasa los días bajo la inclemencia del sol esperando que su marinero naufrague en la orilla de su boca, mientras le hace con amoroso afán barquitos de papel.
Lo espera hace tanto tiempo que parece que el mar y ella se han fundido en los rizos de su pelo, donde un extraño helecho ha empezado a crecer, verde y rumoroso, como el remanso de los ojos de su amado.
En las líneas de sus manos traza cartas de navegación que solamente él podría descifrar, el resto del mundo les llama poemas; en fin, en ambos casos mi poca imaginación, seguro, me promete que la única utilidad que tendrían es la de traerlo de vuelta a ella.
Tiene la voz como el canto de la brisa, que ha aprendido a imitar con graciosa armonía, en sus lascivos labios de botón de rosa, donde parece asomarse un rocío perlado, como un collar de aljófar que reluce con diáfano esplendor tras los primeros rayos de la aurora.
Sus piececillos poseen una elegancia innata cuando se deslizan persiguiendo el vaivén de las olas, ya huyendo de ellas, ya pillándolas de nuevo, ya retozando en la espuma, o confundiéndose con un pez.
Sus pestañas alargadas y densas, parecen un laberinto que sólo Teseo estaría dispuesto a atravesar si no fuera por el tesoro que velan, aunque de todas formas, quien no se perdiera en ellas, acabaría por perderse en sus ojos, azul profundo, como si el mar hubiera cedido a su capricho de sentirse único en extensión e intensidad cuando ella mira.
Hace poco más de un año que ella no lo ve, pero en las cuentas del amor, lo mismo son seis segundos que seis siglos, una cuadra que dos océanos; la distancia y el tiempo se hacen infinitos siempre que nos separen de ese ser. Sin embargo, ella espera con la paciencia de Penélope a que Caronte traiga de regreso a su salvador, y juntos conviertan sus ahora pesadillas en hermosos sueños de un verano inacabable y compongan por fin el poema de amor más bonito jamás oído.
Bueno, pero a lo que iba, los narradores no se vuelven de pronto protagonistas, ni si quiera en los cuentos como éste - de mar y sol - ¿no es así?